01 octubre 2023

LXXIII

Llueve como siempre llueve en septiembre,
sonoramente, con violencia.
Lluvia vertical y gruesa
rompe sobre los tapiales,
sobre los álamos, contra las tumbas.


Cuando vienen a verme,
sus manos, sus ropas, sus cabellos
aún conservan lívidos
el tibio vapor de la tierra.
Atávico e impenetrable,
percibo en ellos,
huelo apenas su mundo.


11 septiembre 2023

Nuestros estudios

Para nuestros estudios, contamos con el diccionario de nuestro padre y la Bilbia que hemos encontrado aquí en casa de la abuela, en el desván.
Damos lecciones de ortografía, de redacción, de lectura, de cálculo mental, de matemáticas y hacemos ejercicios de memoria.
Usamos el diccionario para la ortografía, para obtener explicaciones y también para aprender palabras nuevas, sinónimos y antónimos.
La Biblia nos sirve para la lectura en voz alta, los dictados y los ejercicios de memoria. Nos aprendemos de memoria, por tanto, páginas enteras de la Biblia.
Así es una lección de redacción.
Estamos sentados a la mesa de la cocina con nuestras hojas cuadriculadas, nuestros lápices y el cuaderno grande. Estamos solos.
Uno de nosotros dice:
—El título de la redacción es: «La llegada a casa de la abuela».
El otro dice:
—El título de la redacción es: «Nuestros trabajos».
Nos ponemos a escribir. Tenemos dos horas para tratar el tema y dos hojas de papel a nuestra disposición.
Al cabo de dos horas nos intercambiamos las hojas y cada uno de nosotros corrige las faltas de ortografía del otro, con la ayuda del diccionario, y en la parte baja de la página pone: «bien» o «mal». Si es «mal», echamos la redacción al fuego e intentamos tratar el mismo tema en la lección siguiente. Si es «bien», podemos copiar la redacción en el cuaderno grande. 
Para decir si algo está «bien» o «mal», tenemos una regla muy sencilla: la redacción debe ser verdadera. Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos.
Por ejemplo, está prohibido escribir: «la abuela se parece a una bruja». Pero sí está permitido escribir: «la gente llama a la abuela "la bruja"».
Está prohibido escribir: «el pueblo es bonito», porque el pueblo puede ser bonito para nosotros y feo para otras personas.
Del mismo modo, si escribimos: «el ordenanza es bueno», no es verdad, porque el ordenanza puede ser capaz de cometer maldades que ignoramos. Escribimos, sencillamente: «el ordenanza nos ha dado unas mantas».
Escribiremos: «comemos muchas nueces» y no: «nos gustan las nueces», porque la palabra «gustar» no es una palabra segura, carece de precisión y de objetividad. «Nos gustan las nueces» y «nos gusta nuestra madre» no puede querer decir lo mismo. La primera fórmula designa un gusto agradable en la boca, y la segunda, un sentimiento.
Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos.

Agota Kristof. El gran cuaderno, 1986.



12 marzo 2023

Memorias de la tierra [V]

No cantaré al dolor, no cantaré a la muerte.
No cantaré a la ira de los dioses,
ni a la furia de los héroes.

Ángel blanco,
háblame de los días de primavera,
donde el sol y el bosque celebran la vida;
llena mi pecho de luz y esperanza
—el alma desbordándose en música y palabras—.

Ángel blanco,
díctame el himno del hombre enamorado.


04 marzo 2023

LXXII [Invocación]

En el largo silencio de la noche,
en la hora más oscura,
galopa caballo mi almohada:
batan la pulpa del sueño tus cascos febriles.

Breve montura del alba.
Terror de todos los tiempos.


17 diciembre 2021

La boda

La boda tuvo lugar en un alborotado juzgado de paz. Solo William y Edith acudieron a la ceremonia; la jueza, una gris mujer arrugada de gesto ceñudo, trabajaba en la cocina mientras se celebraba la boda, saliendo cuando había terminado, solo para firmar los papeles como testigo. Fue una tarde fría y sombría; la fecha era 12 de diciembre de 1941.
Cinco días antes de celebrarse la boda los japoneses habían bombardeado Pearl Harbour; William Stoner contempló la ceremonia con una mezcla de sentimientos que no había tenido antes. Como otros muchos que vivieron aquella época, estaba absorto por lo que solo podía concebir como pasmo, aunque sabía que era un sentimiento compuesto de emociones tan profundas e intensas que no podía reconocerse porque no podían compartirse. Era la fuerza de una tragedia colectiva lo que sentía, un horror y una aflicción tan penetrante que las tragedias privadas y los infortunios personales eran expulsados hacia otro estado del ser, aunque se intensificaban por la inmensidad de lo que estaba teniendo lugar, como el efecto conmovedor de una tumba solitaria se intensifica por el gran desierto que la rodea. Con una pena que era casi impersonal observó el triste ritual del matrimonio y se conmovió extrañamente ante la belleza pasiva e indiferente del semblante de su hija y la indolente desesperación del rostro del muchacho.
Después de la ceremonia los dos jóvenes se subieron lúgubres al coche de Frye y se fueron a San Luis, donde aún tendrían que enfrentarse con otro grupo de parientes y con el lugar en el que tendrían que vivir. Stoner los vio alejarse del edificio y solo pudo pensar en su hija como en una niña pequeña que una vez estuvo sentada a su lado en una habitación lejana y que le miraba con deleite solemne, como en una dulce niña que había muerto hacía tiempo.
Dos meses después de la boda, Edward Frye se alistó en el ejercito, Grace decidió quedarse en San Luis hasta que naciera el bebé. A los seis meses Frye había muerto en la playa de una pequeña isla del pacífico, uno de tantos nuevos reclutas enviados en un esfuerzo desesperado por detener el avance japonés. En junio de 1942 nació el bebé de Grace, un chico, que fue llamado como su padre al que nunca vería y al que nunca amaría.

John Williams. Stoner, 1965.


04 mayo 2021

LXXI

Ese pequeño jilguero
que zurce con su canto la brecha del alba
ha vencido a la vida,
me ha devuelto triunfante al sueño.


05 abril 2021

LXX

Viene de lo alto, de lo flotante,
de una región del cuerpo
que no es el cuerpo,
pero donde el cuerpo también se siente.

Allí, en la negra hondura,
teje el silencio su tormenta.
Desde allí —súbitas y azules—
se arrojan contra el pensamiento
cientos de minúsculas estrellas.

Nadie conoce el signo de esta ofrenda.
Nadie sino el poema.


09 marzo 2021

Memorias de la tierra [IV]

El amor no logró salvarme.
No supe ser feliz,
siquiera un día, una hora.
No supe ser más que un niño enfermo
temeroso de la oscuridad y de la luz.
Los hombres, la historia,
los misterios del universo,
la propia existencia me espantaba.
Ahogué mi tiempo entre ficciones
y nada obtuve de la vida
salvo el horror y el ansia
de una vida nueva.


07 febrero 2021

Perham

Fueron ellos, los toperos, quienes me enseñaran a silbar.
Aparecían, sucios y groseros, ahora detrás, ahora delante de la verja del jardín. Eran gitanos, todavía niños y ya adultos, unos siete, entre los diez y los doce años. Yo no tendría aún los nueve. Al parecer habían salido huyendo de horrores no muy claros en el Este. Aunque insolentes y andrajosos, nadie, entonces, los consideraba una molestia. Al cabecilla, uno pequeño que tenía pegados dos dedos de una mano, lo llamaban Perham.
Se ganaban la vida de toperos; cazaban topos en los jardines y los llevaban ante el dueño, quien les pagaba a razón de una moneda por topo, y los mataban frente a él, minúsculos y ciegos y gimoteantes, aplastándolos con el dorso de una pala. Se los llevaban, nunca supe ni para qué ni para dónde, en un viejo balde de madera.
Frente a mis ojos, con desvergüenza, arrancaban pimientos de las enredaderas y los acometían, antes de que estuvieran maduros, a mordidas rojas y crujientes. O los pisaban sin más. Se reían. Festejaban que Perham me escupiera unas semillas al rostro.
Con silbidos complicados, al atardecer, se llamaban para agruparse en torno de la fuente. Perham me llevó y me presentó como su amigo. Allí contaban sus monedas en el piso. Perham las repartía empujándolas con su dedo doble. A veces, según fuera su humor, podía tocarme alguna.
Se metían a la fuente, a chapotear, sin siquiera quitarse los zapatones adultos que vestían, e importándoles un pito que se les mojaran las ropas. Pronto aprendí a atrapar insectos de agua: unos cucarachones torpes y casi planos que se impulsaban bajo el agua con dos patas picudas; otros eran largos, con largas patas como de mosquito, y se impulsaban en espasmos rasantes cortando el agua de la superficie y dejando atrás una finísima arruga en forma de V. Llegamos a juntar hasta siete distintos y a ponerles nombres ridículos. Nos mataban de risa. Al cucarachón plano, Perham lo llamó Matthias.
Después los apachurrábamos en fila contra la cornisa de piedra. Una pasta blanca o verdusca les salía disparada, con un crujido, del abdomen. Entre más lejos mejor. (También, en un frasco, atrapaban luciérnagas —moscas de fuego, las llamaban— y Perham las despachurraba dentro de un pañuelo percudido que retenía durante horas, con el poco jugo que soltaran los bichos, manchas de una tenue fosforescencia).
En cuanto empezaba a caer la noche tenía que irme a casa. Ellos se quedaban ahí. Los envidiaba. Se divertían. Eran libres, felices; nadie sospechaba que todo eso se lo iba a llevar la mierda.
Salidas de quién sabe dónde, se les unieron luego dos chicas de ojos oscuros y melosos, igual de harapientas, de astutas, de valientes. Los toperos me llevaron a sus guaridas. No había gente mayor. Deseaba secretamente huir de casa e irme a vivir allí, a un lado de las vías.
Hacían fogatas. A veces las chicas cantaban, y me hacían bailar, y me manoseaban entre todos, sobándome carcajeantes la entrepierna, lo cual me dejaba en un revoltijo de vergüenza y gozo, con los rubores y las culpas de un placer inédito recién vislumbrado.
Al final del otoño una de ellas amaneció, a espaldas del correo, tirada en un baldío. "Ve a ver si está muerta", le ordenó secamente Perham a uno de los chicos. Volvió lívido y sin habla. Lubja estaba desnuda y un hilillo de sangre, ya seca, le escurría del oído. Había policías, curiosos, empleados del correo.
Esa misma tarde desaparecieron. Nunca se aclaró lo sucedido, y yo estuve varios días encerrado, mirando tristemente la calle desde la ventana de mi alcoba. Aún recuerdo los cuentos graciosos y obscenos que contaban. Eran tan perfectos y terribles que no los he contado nunca porque me rehúso a estropearlos.

Alain-Paul Mallard. Evocación de Matthias Stimberg, 1995.


01 enero 2021

LXIX

Vivo del fuego.
Fuego candente recorre mi tierna médula.

Ven al fuego.


31 diciembre 2020

LXVIII

El dolor como el amor pasa
pero la pena permanece
siempre permanece
porque la pena es la sal en la herida
y la herida —nos mintieron
también en esto nos mintieron—
jamás se cierra.


05 diciembre 2020

LXVII

A todas las ciudades
a todos los puertos
allende los mares y las costas
allende los bosques y las cordilleras
metro a metro
grado a grado
a través de la noche y el día.
A todas las naciones
a todos los pueblos
a todos los hombres dirijo
este grito mudo.


LXVI

Debajo de esa piel y de esta piel
no estamos ya nosotros:
otra carne usurpó la carne
y otros huesos, los huesos;
no existe la ciudad en el horizonte,
ni su puente,
ni el agua que espeja detenida
nuestro último fracaso.


LXV

Cosas que hiciste.
Cosas que nunca hiciste.
Cosas que imaginaste,
que soñaste: cosas que inventaste.
Cosas que te contaron
y cosas que aprehendiste
de una fotografía
donde nada es plenamente propio.


LXIV

Cuando el pan perfuma el aire
entre los astros te imagino.
Tan limpia es hoy la noche.

20 junio 2020

Memorias de la tierra [III]

Dicen que araño el papiro
y dicen la verdad,
mas la verdad no lo es todo.

Este siglo es de coronas y cetros,
pero los reyes serán olvidados
sin mis palabras.


22 septiembre 2019

El último día del verano.

Hoy es el último día del verano.

El sol del ocaso se filtra entre los cipreses
y salpica motas iridiscentes
en el sendero de piedra; negras golondrinas
maniobran y planean a ras del agua
sobre la alberca; una chicharra emite
incansable su canto monofónico.

Hay en todo ello una regla, un código,
una suerte de lengua furtiva y confusa,
el hilo de una voz remota que secretamente
pretende desvelarme el único misterio.

24 mayo 2019

LXIII.

Siento remota, inaudible, la voz
que habita en las palabras. 
  
            (pájaro, viento, árbol, río)

La vida ha enmudecido
y todos sus versos duermen.

02 junio 2018

LXII.

Fuera yo capaz de escribir hermosos
poemas de soles, lunas y estrellas;
poemas a lomos de un verso alado,
poemas en ráfaga, en estampida,
poemas que surquen de boca en boca
cualquier diccionario, todo alfabeto;
poemas con brillo hialino y color irisado,
verdes poemas de pasto esmeralda,
rojos de cálido otoño prendido;
poemas como espejos, como piedras,
como puños, poemas como estacas,
poemas que inoculen en los hombres
minúsculas perlas de fuego cósmico;
poemas que os atomicen,
poemas que no desfallezcan:
poemas sólo para que tú me ames.

29 abril 2018

LXI.

Llegue adonde llegue,
vaya adonde vaya
me abordan milagrosos
su olor y su nombre
– norte, sur, este, oeste
y cielo y mar y tierra ,
huellas de un paso inasible
que todo lo anda.